¡Careta!

*Auxilio…ayúdame…por favor*

Yacía un cuerpo inerte tendido en la inmensidad de la oscuridad perenne. Tenía una mirada llena de dolor, tristeza, soledad, agonía. Hacía tiempo que venía soñando lo mismo. La misma situación, el mismo punto de vista, soy el espectador y aquella cosa pidiendo mi ayuda, el espectáculo. Pero nunca voy a su encuentro. Los llantos se intensificaban, los gritos, de un alma mutilada se hacían cada vez más estruendosos. Su mirada se apagaba, su vida se escapaba. Y como si nada, en el momento en que su vida se marchara por completo de su cuerpo, despertaba. Sudado, agitado, y sin poder respirar ni moverme.

Una noche me cansé de la misma escena, la misma situación, así que rompiendo con la estructura del espectador y el espectáculo, salí corriendo hacia su encuentro. Con cada paso que daba, la sensación de vacío y de soledad se incrementaba. Jamás había visto su rostro, y la ansiedad de poder verlo por primera vez era muy grande. Quedaban 5 pasos para llegar hasta él, aquel cuerpo desnudo agonizante. Oscuro. A cada paso que daba iba creciendo dentro de mí, una sensación de familiaridad que francamente, iba aterrándome cada vez más.

Llegue a su lado, la cosa movió lentamente su rostro hacía mí, sus ojos y los míos se encontraron. “Esos ojos son parecidos a los míos”, me dije. Pero luego mirando con mayor atención, me di cuenta que eran los míos que miraban para todos lados. Esa… esa cosa… era yo. Yo, hace unos cuantos años. Cuando todavía la sociedad y la vida del siglo XXI no habían matado mi verdadera persona. Mi verdadero yo, era el que estaba herido, censurado, encerrado, agonizando muy dentro mío. Lo que yo creía que era en realidad, era solamente una máscara, una careta, una pantalla de algo que a la sociedad, y el sistema le gustaban. Pero por más que me creía una persona autentica, el sistema había matado mi verdadero yo para crear conmigo un soldado más que mira hacia la nada, esperando nada. Ese ser que estaba allí agonizando era yo, mi verdadero yo, con una gran inocencia ultrajada, una pureza robada y un montón de sueños rotos.

De un momento a otro, encontré las cosas un poco más claras. La existencia es pasajera, los humanos efímeros, la sociedad y el sistema un genocidio psicológico, capaz de matar lo que realmente somos para transformarnos en ciervos útiles para un fin provisorio. Las reglas se reescriben a cada momento, y lo que pensábamos que alcanzaríamos pronto, se aleja cada vez más. El mundo sigue girando, el tiempo es eterno pero no nosotros. Es fácil olvidarse de quienes somos, y de dónde venimos. Aún así, vale darse cuenta de eso, bajar del frenesí de inconsciencia colectiva, ponernos a pensar y volver… Volver…

Desperté. Estaba tumbado en la cama, con el pulso acelerado, la respiración agitada y todo sudado. Eran las 5:00 de la mañana. Tenía que levantarme, tomar una ducha, desayunar e ir a trabajar de nuevo. Me quedé mirando el reloj, abstraído en mis pensamientos. Vi que la hora pasaba rápido, demasiado rápido. Sentí que dentro de mí volvía a despertarse ese al que había enterrado hacía mucho tiempo para integrarme a la jungla de cemento. Comprendí que el transcurso del tiempo, no era algo que notáramos. Comprendí lo frágiles, lo pasajero, y lo efímero que somos. Comprendí que mientras tratamos de entrar en el sistema, ser parte de la sociedad, sobrevivir en esta jungla, nos olvidamos y dejamos las cosas más importantes de lado. Nos olvidamos de lo que éramos, de lo que realmente somos. Nos olvidamos que la vida es demasiado corta, demasiado dura y demasiado puta para preocuparnos en problemas superficiales. Comprendí que tanto sacrificio, tanto trabajo no valía nada si dejabas de lado de dónde venimos o lo que realmente somos. De un suspiro nacemos, y con un suspiro nos vamos. Solo eso basta para que todo termine, un suspiro robado por aquel ángel negro.

Me levante, fui hasta el living y me desplome en el sofá con mi celular. Marqué, y coloque el artilugio capaz de comunicarnos en cuestión de minutos con personas que están del otro lado del globo, cerca de mi oído. Una voz femenina me atendió.

-Hola, ¿quién habla?

No logre contestar. Y aquella femenina voz que denotaba experiencia, me volvió a saludar amablemente y a preguntar quién le hablaba.

-Soy…yo… Hola… ¿cómo estás?…

Hubo un silencio demasiado incómodo, y cuando estuve a punto de cortar surgió de la nada un leve gemido de angustia mezclado con un dejo lejano de felicidad.

-¿Eres tú? ¿Realmente lo eres?

-Sí, soy yo.

-Tanto tiempo ha pasado… ¿Por qué llamas? No era… que no querías volver a verme…

Tome aire profundamente, suspire. Mi garganta era todo un único nudo. Y armándome de valor para decir lo que sentía, tirando a un lado la careta, logré contestar algo un poco entendible.

-Extrañaba hablar contigo, mamá…

Julio 2014 | CandeS

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Publicado el 30 mayo, 2015 en Cuentos, Mis Escritos. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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